| |
Lo primero que se suele decir y escuchar de Dokushô Villalba
es que él es el primer maestro zen español reconocido por la Escuela
Soto Zen japonesa… A ese puerto llegó después de seguir durante años
las enseñanzas del Maestro Taisen Desimarhu –con el que fue
ordenado monje zen- y de haber recibido la transmisión del Darma en
1987, de la mano del Maestro Shuyu Narita… Pero, además, Dokushô
Villalba teje esa transmisión en una trama de hilos variados que van
desde la dirección del Templo Luz Serena a su dedicación como poeta
y escritor, pasando por su afición a la fotografía o su labor de
difusión del zen, más allá de la propia enseñanza… Lo cierto es
que al acercarse a este maestro zen, uno tiene la sensación de
asomarse al periplo personal y espiritual de un hombre a caballo entre
la fidelidad a la tradición de la que forma parte y la necesidad de
adaptación de ésta a “las maneras” de occidente. Pertenece, por
tanto, a ese tipo de personas con vocación de tender puentes entre
diferentes culturas y visiones de la vida, entre las diversas maneras
de averiguar el mundo y de acompañar al ser humano en el camino del
desarrollo de la conciencia…
Carmen: Hablamos un poco de ti, si te parece… Tú
eres una persona que a edad muy temprana demostraste distintas
inquietudes. Tengo entendido que, siendo muy joven, estuviste
comprometido con movimientos sociales y políticos, y que tu
acercamiento al zen también se dio muy pronto, sobre los veinte años
¿no?
Dokushô: Sí, así es… Yo he recibido una educación
católica, concretamente, estudié en el colegio de los Salesianos…
Y procedo de una familia muy humilde, por lo tanto siempre he estado
en contacto con las clases desfavorecidas, y siempre he sido muy
sensible al tema social… Así que muy pronto empecé a trabajar en
los grupos de inspiración cristiana, como Acción Católica, en campañas
de alfabetización, de recogida de fondos, de ropa para personas
necesitadas… Todo ello muy joven, tendría yo unos catorce años. Y,
poco a poco, en la medida en la que fui creciendo y madurando, pasé
de trabajar con organizaciones asistenciales a vincularme con otros
grupos, también cristianos, pero más comprometidos con la
transformación social, concretamente con la Hoac, organización que
sigue existiendo… Y, la verdad, allí tuve buenos mentores… Pero,
al mismo tiempo, yo siempre sentí una tendencia, podríamos decir, mística:
el amor por el silencio, el contacto con la naturaleza, la inclinación
a determinadas lecturas… Es como si siempre hubiera estado en
contacto con una presencia invisible que, sobre todo, en esa época,
no sabía explicar… pero buscaba y buscaba, y lo hacía, en gran
medida, a través de los libros. He sido un lector ávido desde joven.
Y eso me llevó a leer libros de yoga, de espiritualidad, lo poco que
se podía encontrar por la época… los libros de Ramiro Calle, que
era el único que publicaba algo en aquella España, pero a mi me
parecían muy light. Y en esta búsqueda, cayó en mis manos uno… ni
sé como se llamaba… Filosofía Oriental o algo así… Allí oí
por primera vez hablar de zen. Es curioso, recuerdo las cosas que me
llamaron la atención… y es que se decía que en los templos zen había
mucho silencio, todo estaba muy limpio y ordenado… (risas)… Esto
me encantó, y pensé que ésos eras lugares muy deseables para
vivir… Lo cierto es que mi actividad política continuó y creció,
vinculándome a grupos más radicales como el partido comunista e
incluso con otros grupos más extremistas del ámbito de la
izquierda… Pero llegó un momento en que tuve una crisis fuerte con
respecto a esa orientación. Yo estudiaba magisterio porque pensaba
que la educación era la clave de la transformación, pero a medida
que participaba en asambleas de obreros y de organizaciones políticas,
me di cuenta de que ahí había muy poca conciencia, en el sentido más
amplio de la palabra… De hecho, me daba la impresión de que lo que
querían las clases desfavorecidas era tener los mismos privilegios
que los poderosos, y, desde luego, yo no iba en esa línea del “quítate
tú para ponerme yo”. Entonces, como digo, entré en crisis porque
yo no veía a mí alrededor modelos de madurez, no encontraba, en ese
ambiente, referentes claros… Por entonces yo tenía 19 años, y a la
misma vez me ocurrían otras cosas; una de ellas, mi acercamiento a
determinadas drogas… En esa época en Sevilla había mucho LSD y
hachís, por supuesto. Todo ello inmerso en el movimiento hippy y
alternativo propio de la época… Bueno, yo empecé a explorar por ahí.
Y, claro, las primeras experiencias con LSD que yo tuve me impactaron
de una manera impresionante. Me abrieron por dentro a realidades que
ni siquiera podía sospechar… Tuve en esos momentos muchas
experiencias intensas, de comprensión profunda, podríamos llamarle místicas.
Pero yo no sabía como articular todo aquello, como digerirlo… Y
fueron, precisamente, las obras de filosofía oriental que iba
leyendo, las que me dieron pistas sobre lo que me estaba ocurriendo.
Paralelamente a eso, un amigo, un día, me dijo que un monje zen venía
a dar unas conferencias a la universidad de Sevilla. Y allí fui yo…
Este monje resultó ser un discípulo del que luego sería mi Maestro,
Taisen Desimarhu. Y él quería crear un centro de meditación zen en
Sevilla. Esto fue en el año 76, y fue el primer centro de meditación
zen que se creó en España… Así que yo le ayudé, y empecé a
meditar… En fin, el contacto con la meditación me impresionó de
una manera muy fuerte, y eso que fue durísimo porque físicamente yo
no tenía ningún entrenamiento. Además había hecho mucho deporte y
atletismo, así que tenía los músculos muy duros… y para meditar
hace falta todo lo contrario, músculos largos y flexibles… Te
puedes imaginar… Durante más de un año lo pasé fatal…Y, de esta
manera, me empezó a cambiar la existencia. Bueno, todo cambió: cambié
de casa, de relaciones, dejé de tomar “cualquier cosa”…ordené
mi vida. Además, al año de estar meditando, tuve una experiencia
espiritual significativa de gran apertura…y, bueno, se me hizo
evidente que ese era mi camino. Coincidió, entonces, que el Maestro
Desimarhu daba unas iniciaciones en Francia, y decidí acudir…
Carmen: De hecho te fuiste a vivir a París, y de su
mano recibiste la ordenación de monje budista. ¿Cómo es esta relación
con el maestro, imprescindible para la transmisión del zen?
Dokushô: Bueno, tú lo has dicho, en la transmisión
del zen el maestro es fundamental… Concretamente, el Maestro
Desimarhu tenía muchísimos discípulos, cientos de discípulos. Así
que, cuando yo llegué, era muy difícil tener una relación personal
con él. El Maestro dirigía las meditaciones, impartía enseñanzas a
grupos muy amplios… Precisamente, yo decidí, a los dos años de
llegar, instalarme del todo en París porque necesitaba esa relación
más estrecha. Y, en cierto modo, se dio, porque yo pasé a formar
parte de un grupo de colaboradores de su entorno, pero la gran
cantidad de discípulos que él tenía por toda Europa no permitía
estrechar demasiado la relación. Así que el contacto con él se daba
a través del entrenamiento, de innumerables retiros y, sobretodo, en
la vida cotidiana…ahí es donde se transmitía verdaderamente la
enseñanza. Y bueno, como ya he dicho, conseguí colaborar
directamente con él, y, por lo tanto, tenerle un poco más cerca. Yo
era el traductor de su obra del francés al español. Esa fue mi
especialidad en magisterio, Lengua y Literatura Francesa… Y, de esa
relación más directa, poco antes de que él muriera, surgió, a
propuesta suya, la idea de que yo comenzara a dirigir una serie de
retiros, e impartir un ciclo de conferencias en España… Y ahí me
estrené...
Carmen: Cuando en el zen se habla de la transmisión
“de corazón a corazón” ¿se está aludiendo a esa relación
entre maestro y discípulo?
Dokushô: Sí, esa expresión hace referencia a que
la transmisión fundamental del zen no se hace a través de las
palabras, aunque no estén excluidas… En realidad, lo que quiere
expresar es que esa transmisión se produce de ser a ser, por empatía
total. Entonces, eso requiere una actitud de gran apertura interior
del discípulo al maestro, una gran entrega a lo que éste es y
representa, un respeto a todo su linaje…
Carmen: En esta relación, los canales intelectuales
quedan en segundo plano ¿no?
Dokushô: Eso es… Se cuenta que la primera
transmisión, en este sentido, en la historia del zen, se produjo
cuando el Buda Sakiamuni, después de dar una charla a miles de
personas, se quedó en silencio, cogió una flor y la giró entre sus
dedos, sin decir nada… Entonces, Mahakasyapa, uno de sus más fieles
discípulos, que estaba en primera fila, miró al Buda y le sonrió…
Y el Buda respondió a su discípulo con una mirada y una sonrisa…
para, al final, añadir “en este momento acabo de transmitir el
tesoro del Darma a mi discípulo Mahakasyapa”… y esto es lo que
significa, profundamente, la expresión “I shin den shin”, de
corazón a corazón, es decir, de alma a alma, de espíritu a espíritu…
Y, bueno, desgraciadamente, el Maestro Desimarhu murió en el año 82,
y yo no me sentía maduro ni preparado para seguir solo… Entonces,
me di cuenta de que debía seguir las enseñanzas de otro maestro, y
así fue como en el 84 fui a Japón haciendo un viaje de peregrinaje
por los principales templos, visitando a diferentes maestros, y conocí
y conecté con el Maestro Shuyu Narita. Él era condiscípulo del
maestro Desimarhu… y, lo cierto, es que con él sí se dio una gran
química espiritual. Así que empecé a estudiar a su lado, yendo a
menudo a Japón. Con él seguí un entrenamiento, y, a los tres años
de seguir sus enseñanzas, el maestro me dio la transmisión del Darma,
y, diez años después, la Escuela Soto me reconoce como maestro
totalmente formado.
Carmen: Y en ese momento en el que se te encomienda
la transmisión de una enseñanza, que puede contribuir tanto al
desarrollo de muchos seres humanos… ¿Con qué sentimiento conectas?
Dokushô: Pues, sobre todo, con el sentimiento de
responsabilidad, pero, al mismo tiempo, sin darme cuenta de donde me
estaba metiendo… Era muy joven, tenía sólo 28 años, por mucho que
llevara en el zen desde los 19.A cierto nivel tenía mi experiencia,
pero respecto a la madurez de estar en el mundo, de las relaciones era
joven… Aunque cada uno tiene su aprendizaje en esta vida… Pero, la
verdad, es que yo aluciné un poco… (risas)… Después, todo se fue
colocando en su sitio, pero, en ese momento, yo me sentía como en un
estado alterado de conciencia… Me acuerdo de la ceremonia en la que
el Maestro me presentó públicamente como su sucesor. Una ceremonia
de mucha solemnidad, en la que había como quinientas personas. Estábamos
en el templo del Maestro, y yo fui presentado ante el Consejo de
Ancianos, un grupo de unos treinta viejos maestros, que tenían que
deliberar si me aceptaban como sucesor, después de que yo pasara una
serie de pruebas bastante impactantes… Sí, sí, allí estaban
ellos, como viejos indios con sus rostros consumidos, arrugados, como
chamanes venidos del origen de los tiempos, con una mirada escrutadora
que te radiografiaba el alma… Y yo, allí en medio, comunicándome
con el poco japonés que sabía… yo que vengo de un pequeño pueblo
de Andalucía, allí estaba, a miles de kilómetros de mi lugar de
origen, viviendo todo aquello… ¡Cómo es el destino!… Pero, a la
misma vez… no sé… siempre he sentido que hay una estrella que me
guía. No soy yo quien ha elegido todo lo que ha ido pasando, sino
algo más fuerte… yo lo que he hecho es ponerme “a disposición”…
Y así se fue dando el entrenamiento en Japón, pero, en realidad, el
entrenamiento mayor vino al comenzar a enseñar en España, a formar
grupos, al fundar el templo… Ese está siendo el entrenamiento más
duro: el intento de transmitir esta sabiduría, adaptándola a la
forma de vida y a la mentalidad occidental. Porque en Japón te dan
una formación monástica, que tiene su dureza, pero, a fin de
cuentas, estás dentro del monasterio, con una estructura
“clara”… Pero ¿qué haces cuando sales de ahí y vienes a
occidente? ¿Cómo enseñas las cosas, cómo las transmites?... Además,
esa adaptación forma parte de mi propia necesidad. Yo, al principio,
los primeros años, traté de aplicar lo que había aprendido al pie
de la letra, pero me di cuenta de que no era posible. Porque lo cierto
es que, aquí, en términos generales, la gente que busca
espiritualmente no tiene vocación monástica, no quiere retirarse a
un sitio para recibir un entrenamiento… No, no es así… La
espiritualidad se vive como algo que tiene que armonizarse con la vida
laica, la vida familiar, con la vida de pareja… Y, bueno, esa es la
transformación que está haciendo occidente del zen, que en Japón es
eminentemente monástico y aquí es laico.
Carmen: Alan Watts decía que el zen es sentir la
vida en lugar de sentir algo acerca de la vida… Esto coincide con la
idea de que el zen es “lo más natural”, pero también se le ha
llamado “la vía abrupta”. ¿Qué significan y qué tienen de
verdad estas dos definiciones?
Dokushô: Cuando se dice que el zen es lo más
natural, se está queriendo transmitir que la realidad es “tal cual
es”, que tú eres lo que eres, tal cual… Tal cual es la expresión
clave en el zen… Tal cual se está manifestando “la cosa”, aquí
y ahora… “No la toques ya más, que así es la rosa” decía Juan
Ramón Jiménez… Eso quiere decir que lo que se entrena es la
percepción del instante, sin que pase por una elaboración mental
sofisticada y compleja… El maestro Dôgen, que fue el que introdujo
el zen en Japón, en el s. XIII, cuando volvió de estudiar en China
varios años, le preguntaron qué es lo que traía, qué es lo que
significaba el zen, y sólo contestó: “No traigo nada, las manos
vacías… Los ojos son horizontales y la nariz es vertical…”. Esa
fue toda su respuesta… El Buda enseñó que vivimos en un estado de
ensueño, que él llamó ignorancia. Un estado desde el que
interpretamos la realidad, y no vivimos las cosas tal cual son. Esto,
en parte, es debido a que funcionamos con una mente representativa. El
pensamiento es una representación de la realidad, pero no es la
realidad. Y éste es el origen de la ignorancia, ese cúmulo de
artificios, de imágenes y conceptos en el que nos hemos refugiado…
Así que el entrenamiento básico del zen es tomar conciencia de esto
y despertar más allá de la propia subjetividad, aprender a
desarrollar un estado de presencia continuado que funcione como un
espejo y que refleje la realidad tal y como es, sin que medie el
pensamiento, pero aceptando el pensamiento. Por eso en el zen se
considera que el estado de no pensamiento es una puerta de liberación,
pero estaría bien deshacer el error, muy extendido, por cierto, de
que la práctica del zen consiste en no pensar… En el zen se dice
que el estado de conciencia a alcanzar en la meditación es un estado
de pensar sin pensar, lo cual quiere decir, simplemente, dejar que el
pensamiento se produzca sin identificarse con él…
Carmen: ¿Meditar desde el testigo?
Dokushô: Sí, claro. Lo que nosotros llamamos estado
de presencia no es otra cosa que meditar desde el testigo. Esa es una
cualidad de conciencia que todos tenemos: reflejar lo que está
sucediendo, como un espejo. Lo que sucede es que, si no estamos
acostumbrados a observar desde el testigo, nos identificamos con la
cosa reflejada, con las imágenes que aparecen en la conciencia. Al
producirse esta identificación, olvidamos que somos la conciencia que
refleja eso… Y ese es el trabajo de la meditación: aprender a
desidentificarse de los contenidos, sin luchar contra ellos… Este es
el entrenamiento de la meditación zen, como digo, pero debe ser
continuado en la vida cotidiana. Todo aquello que se vive debe
convertirse en soporte de presencia.
Carmen: Siempre se habla del zen como de un camino
paradójico… Se dice que es perderse para encontrarse, vaciarse para
llenarse… ¿Cuál es el sentido de esa paradoja?
Dokushô: La paradoja está en el núcleo mismo de la
enseñanza del zen, porque la tradición zen es no dualista, es decir,
se apunta a una realidad no dual. Pero, claro, nuestro pensamiento
funciona siempre en base al dualismo. No podemos pensar de otra manera
hoy por hoy. Nuestra lógica es una lógica binaria, como la de los
ordenadores. Así que pensar es estar atrapado en el dualismo.
Entonces, lo que hace el zen es introducir la paradoja para bloquear
esa lectura dualista de la realidad y permitir un salto de conciencia,
más allá de esa manera de leer el mundo. Por eso en el zen, cuando
se transmite a través de la palabra-y en el lenguaje la dualidad está
siempre presente-, se utiliza la paradoja, haciendo palpables y
visibles las contradicciones de nuestro pensamiento… como si la
mente dualista fuera una rueda que está continuamente girando, y el
pensamiento paradójico fuera un palo que introduces entre los radios
de la rueda… Esto te lleva, forzosamente, a que no haya más remedio
que dar un salto más allá…
Carmen: ¿Por qué tiene tanta importancia en el zen
la postura meditativa?
Dokushô: Pues porque la practica del zen es una
transformación alquímica. Se trata sobretodo de fortalecer, como te
decía antes, la conciencia del testigo, esa cualidad luminosa de
nuestra conciencia… y para llegar ahí se tiene que producir una
transformación: la materia se transforma en energía y la energía se
transforma en conciencia. La base de la conciencia es la energía y la
base de la energía es la materia. Nuestro cuerpo es materia
organizada, y cuando nos sentamos en zazen, en la postura meditativa,
disponemos nuestra materia de una manera determinada para que la energía
fluya de un determinado modo, y se produzca una transmutación de esa
energía en conciencia… Bien, pues un elemento fundamental para esta
transformación es que no haya pérdida energética durante la práctica
de la meditación. Por eso, el cuerpo, al disponerse en esa postura,
se convierte en un todo cerrado; por eso, la posición de las manos,
en zazen, crea un circuito cerrado… y todo ello genera un estado de
estabilidad e inmovilidad, de concentración de energía sutil, de
recogimiento sensorial que, a la larga y con la práctica, nos da
acceso a la conciencia, a una mirada interior muy poderosa… Así, yo
considero que la práctica de zazen es una ciencia… A veces, le
llamo una alta tecnología espiritual.
Carmen: Pero zen no es sólo sentarse, no es sólo
meditación… ¿Qué hay antes y después de sentarse con las piernas
cruzadas?
Dokushô: El zen es la vía del Buda, y esta vía está
basada en tres principios: Sila, Samadhi y Prajna. Sila se refiere al
comportamiento en la vida cotidiana, la manera de vivir; Samadhi es el
estado propio de la meditación; Prajna es el estado de la sabiduría…
Se dice que los tres están íntimamente relacionados, que no se puede
dar uno sin otro y que hay que desarrollar los tres por igual. Lo que
diferencia a unas escuelas budistas de otras es el énfasis que ponen
en cada uno de esos principios o, mejor dicho, el orden en que se
trabajan. Pero, a la larga, todos han de desarrollarse… Por ejemplo,
el comportamiento en la vida cotidiana implica un determinado código
ético que es tremendamente importante, porque, digámoslo claramente,
hay formas de vida que no permiten el acceso al samadhi, y se
considera que de ese estado de samadhi surge la sabiduría. La sabiduría
significa, también, saber como vivir… Así que los tres principios
se retroalimentan…Pero si sólo se cogen códigos éticos, normas
morales, sin que eso surja de una experiencia real… eso está lleno
de superficialidad, mandamientos impuestos desde el exterior al
interior. En la vía del Buda, la idea es que cada uno descubra la
sabiduría, como conducir su vida de la mejor forma posible, como
despertar la conciencia que va a iluminar su comportamiento… Todo
ello más allá de códigos éticos impuestos, insisto. Por ejemplo,
en el budismo la principal fuente de inspiración para las relaciones
es la compasión… Pero no creo que se trate de adoptar una compasión
forzada y estúpida. Yo creo que es mucho mejor y más profundo partir
de una comprensión y una experiencia desde la que, naturalmente, nace
la compasión, sin imposiciones religiosas… En el budismo, como ya
hemos hablado, se dice que la forma básica como se manifiesta la
ignorancia es en el pensamiento dualista, que divide la realidad en
partes… Sin ir más lejos, tú y yo: tú eres tú y yo soy
yo…incluso se podría llegar a creer que no tenemos nada que ver, tú
tienes tu vida y yo tengo la mía… Es decir, el pensamiento
individualista y egocéntrico habitual: tu felicidad no tiene que ver
nada con mi felicidad… cada uno que se busque la suya…Imagínate,
cómo se puede sentir ahí compasión alguna… Pero cuando tienes una
experiencia de apertura de la conciencia, y te das cuenta de que todo
en la vida, absolutamente todo, está interrelacionado y
que…realmente…tu felicidad es algo que a mí me afecta… y mi
felicidad es algo que a ti te afecta…Ahí no hay vuelta atrás, ahí
comienza a derrumbarse el egocentrismo. Como dice el Dalai Lama “nos
volvemos compasivos por puro egoísmo”… Pienso que la cualidad de
esta compasión es muy distinta…
Carmen: Tú estás contribuyendo con tu enseñanza al
acercamiento entre la concepción budista del sufrimiento y las
aportaciones de la psicoterapia para desenterrar las raíces de este
sufrimiento… ¿Crees que son caminos paralelos o, dicho de otra
manera, cuál es el estado de salud mínimo para abordar el camino
espiritual?
Dokushô: Todo esto depende mucho de las personas…
Hay personas que si no sanan mínimamente su estructura de
personalidad, difícilmente pueden tener una apertura a lo espiritual,
una verdadera apertura… Otra cosa es asumir formas externas de
religiosidad… Pero también hay que decir que se puede producir esta
apertura sin que haya que pasar, necesariamente, por la psicoterapia.
Por mi experiencia en todos estos años, tanto por toda la gente con
la que he trabajado como por mí mismo, considero que es muy
recomendable que toda persona que sienta una inclinación a lo
espiritual pase por un proceso de revisión y autoconocimiento…
Carmen: Sí, porque si no hay una revisión profunda
de uno mismo, tengo la sensación de que el anhelo espiritual se puede
convertir en una manera más de camuflar el dolor, en una patología más
del carácter… ¿no crees?
Dokushô: Por supuesto, esto es algo que yo he
encontrado a lo largo de mi vida en muchas personas, pero también es
algo que he podido ver en mi mismo… Sí, a menudo se aborda la
espiritualidad desde la patología, precisamente, por lo que hablábamos
antes, por no haber mirado un poco la estructura de nuestro carácter…
Hay muchos huecos y vacíos que tratamos de suplir dirigiéndonos
hacia una realidad superior, es decir, caemos en una falsa sublimación
muy peligrosa, mucho más peligrosa que la neurosis normal y
corriente… Porque la experiencia espiritual, básicamente, es una
experiencia de apertura y expansión de la conciencia, más allá del
núcleo del yo con el que nos identificamos. Esta es una experiencia
que requiere una estabilidad muy grande del ego, es decir, un yo que
sepa encajar adecuadamente esa apertura. Tenemos que tener un ego bien
formado para poder trascender… Esto ya lo decía Don Juan en las
enseñanzas a Castaneda… decía que para saltar al “nagual”, esa
dimensión más allá del tiempo y del espacio, había que tener el
“tonal” muy bien asentado, y el “tonal” es el yo ordinario…
Porque en caso de que se pueda producir esa expansión-que en la gran
mayoría de los casos no se puede producir-el impacto puede ser
tremendo… A veces, esta apertura se vive después de haber forzado
mucho la estructura del yo… a través de retiros intensivos, a través
de la ingesta de sustancias… Pero si no se tiene un ego con
suficiente fortaleza, esto se puede vivir como una paranoia increíble,
una experiencia filtrada por la patología imposible de integrar…
Carmen: ¿Piensas, sin embargo, que una experiencia
de comprensión, en algunos casos, puede ser sanadora en si misma,
desmontar, en parte, la estructura de ese ego que se ha hecho el amo
de la casa?
Dokushô: También eso ocurre… El ego es básicamente
un conjunto de mecanismos de defensa, son murallas que creamos para
defender algo… Lo que básicamente tratamos de defender es una
experiencia temprana de dolor en la que fuimos tronchados en el alma.
Todos hemos vivido esto, en una medida o en otra. Para tener una
experiencia de expansión, necesariamente, estos mecanismos tienen que
aflojarse. Entonces, en la medida que esos mecanismos se aflojan,
irrumpe la conciencia e ilumina el núcleo del dolor… Con la
psicoterapia se intenta llegar a ese núcleo, y, desde ahí, ir
aflojando… pero también es cierto que la práctica espiritual te
puede llevar primero a esa expansión y, como consecuencia, ponerte en
contacto con la raíz de nuestros mecanismos… Sin embargo, hay algo
que empieza a estar claro: es mejor trabajar desde los dos ámbitos…
Había un maestro Zen chino que era conocido por su método de enseñanza
al que denominaban “el picotazo de la gallina”. El método consistía
en, desde fuera, dar un “toque”, una llamada de conciencia al discípulo…
Se consideraba que el discípulo estaba encerrado en un cascarón,
como un polluelo, y había que ayudarle a salir. Y el maestro hacía
las veces de la gallina que, con sus picotazos, le ayudaba a romper el
cascarón. Pero, al mismo tiempo, el polluelo tiene que trabajar desde
dentro, ayudar a que se produzca esa apertura… Así, podríamos
decir, que cuando uno se pone a trabajar en psicoterapia, asume la
responsabilidad del polluelo, trabajar desde dentro, desde el fondo,
y, a la vez, dejándose ayudar por la influencia espiritual…
Carmen: Y ¿qué líneas de psicoterapia están más
cerca de este planteamiento integrador?
Dokushô: Más que de líneas de psicoterapia hay que
hablar de psicoterapeutas. Yo me acerco a lo que llamo psicoterapias
con “el techo abierto”, aquellas que contemplan la posibilidad del
contacto con lo espiritual. Estas, por lo general, son de la familia
de las transpersonales: gestalt, bioenergética… Pero te digo que
depende tanto de los psicoterapeutas… porque algunos, por más que
estén en alguna de estas líneas, no tienen en absoluto ese techo
abierto del que hablamos… Mira, la enseñanza del Buda es una
terapia del sufrimiento, y el estado máximo de salud es el estado de
iluminación espiritual, concebida como experiencia absoluta de
felicidad, o sea, de salud total. Lo que pasa es que el budismo
atiende a un ámbito de la conciencia distinto de la psicoterapia…
pero es muy positiva esta interfecundación que se está dando en
occidente, y pienso que se ha abierto una vía de futuro.
Carmen: Desde Buda hasta nuestros días, desde India
a Japón pasando por China… ¿Qué es lo que el zen aporta al
budismo?
Dokushô: El zen es puro budismo, es una escuela, un
linaje budista… La única respuesta que yo podría darte es decirte
cuales son las características principales de este linaje… y, sin
duda, una de ellas es la devoción por la postura sedente de meditación.
Todas las escuelas budistas practican la meditación, pero en el zen
ésta ocupa el lugar central, junto al estudio de todos los estados
internos de desarrollo de la conciencia que aparecen en zazen. Además,
se ha desarrollado, muy ampliamente, toda una pedagogía para ir
conduciendo al practicante a través de su mapa interior… Y, bueno,
otra de las características es la simplicidad y la sencillez. Puesto
que contactar con lo esencial es el método que conduce a una
experiencia de expansión, eso se puede producir en todo tipo de
cultura, en cualquier momento de la historia. El zen puede despojarse,
fácilmente, de toda la envoltura social y cultural que lo cubra en
cada momento… Y esto es lo que estamos observando, en los últimos
tiempos, en occidente. Se está produciendo una depuración de todo el
bagaje japonés, y, poco a poco, el zen irá adquiriendo un ropaje
occidental, pero la esencia siempre será la misma.
Carmen: Han pasado ya bastantes años desde que
recibiste la transmisión del Darma… y, desde entonces, tus enseñanzas
han orientado a innumerables personas… ¿Piensas que llega un día
en el camino de todo buscador que hay que vaciarse de toda enseñanza?
Dokushô: Mira, en el budismo estudiar con un maestro
es fundamental. No hay realización si no hay trabajo con un maestro.
Es así como se entiende, pero esto no quiere decir que tenga que ser
así toda la vida. Hay un momento en que tu propio maestro te indica
que has de continuar por tu cuenta… Pero no se puede ir con prisas,
hay que tener paciencia… ¿Si hay que vaciarse de todas las enseñanzas…?
Fíjate, la enseñanza profunda del zen es, precisamente, el
vaciamiento.. Las enseñanzas son como muletas, muletas que nos ayudan
a subir peldaños en la apertura de la conciencia…pero la realización
espiritual por excelencia, en nuestra tradición, es la experiencia de
la naturaleza vacua, el vaciamiento de todo…De hecho, el zen es no
zen, incluye dentro de su propio camino su autonegación, su
autotrascendencia.
Carmen: En fin, el otro día leía un poema de
Fernando Pessoa, en nombre de Alberto Caeiro, que decía “Paso y me
quedo, como el Universo”… Eso es zen ¿no?
Dokushô: Es puro zen… porque, claro, es que el zen
no es nada…El zen viene a ser una falta de visión particular de las
cosas… Y esa percepción también la han tenido otras muchas
personas, como, por ejemplo, ese personaje de Pessoa, Alberto Caeiro…
Por cierto, me gustan mucho sus poemas… A mí me encanta la fotografía,
y estoy queriendo hacer un libro de fotos de naturaleza, acompañadas
de poemas de Alberto Caeiro… Sería bonito…
|
producciones
para el despertar espiritual |
|
|